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quarta-feira, 10 de setembro de 2014

VÍCTOR SOSA | La incandescente pregunta



Estudos de Pele, del poeta Floriano Martins nos remite, desde su mismo título, a la creación de un mundo aparte, a la invención de un lugar que es el único posible para el poeta: el lugar de la escritura. Entrar en este poemario es aceptar las reglas del juego de la invención, de la creación y de la gestación de un universo que tiene lugar en la ubicuidad del poema y su lectura -esa conjunción que hace posible el sorpresivo encuentro con la poesía. Desde el comienzo, entonces, sabemos qué territorio pisamos. El territorio de la creación poética, el territorio del fingimiento -el poeta, ese fingidor, como quería Pessoa-, el lugar sin límites de la palabra en estado de incandescencia. Palabra desvinculada de ese impositivo ejercicio que el sentido común le ha otorgado: nombrar, dotar de sentido al mundo, jerarquizar y definir fronteras entre esto y aquello, entre el afuera y el adentro, entre lo permisible y lo interdicto que toda sociedad impone.
La  palabra poética -palabra desvinculada de toda servidumbre-, desnombra el mundo, trastoca y desarregla los sentidos (Rimbaud), desjerarquiza y desdibuja las rígidas y artificiales fronteras entre esto y aquello, entre el adentro y el afuera, entre lo permisible y lo prohibido. Palabra desbocada hacia el vértigo, hacia la entrópica incertidumbre de lo real, hacia la puesta en duda, bajo sospecha, de la tranquilizadora categoría de lo verdadero.
En ese territorio de incertidumbre sucede Estudos de Pele. Lo que ahí sucede es una proliferación de escritura en zigzag, de híbridas ramificaciones discursivas en constante transmutación de sus sentidos. Veamos este punto más de cerca: Floriano logra apropiarse de innumerables discursos, decursos y géneros escriturales; todo se va articulando dentro de un ámbito narrativo ya que se trata de historias, pero de historias fragmentadas, astilladas a veces, inconclusas o, más exactamente, carentes de desenlace, de una resolución final, cuentística, diríamos. Si hay una apropiación de lo narrativo, también tenemos una apropiación del género dramático, teatral, escénico. Este recurso abre la escritura poética a un espacio virtual y, por tanto, a un tiempo, el tiempo de la actuación, de la representación, de la “puesta en acto” (Lacan) del poema. Se vive un drama de voces, y un desdoblamiento de esas voces en otras, un tañido de ecos que recorren la escena y que se pierden en la atmosférica imantación allí creada. Diálogos. Las sombras que Floriano Martins proyecta dentro de estes estudos, dialogan entre sí, y dialogan, también, con el lector. Y dentro de esos inquietantes diálogos marcados por el desasosiego, que indagan en las profundidades del ser -y que, por momentos me remiten a la subjetiva y deslumbrante prosa poética de Lispector-, se impone otro recurso estilístico de gran significación: la interrogante, la pregunta; rítmica pregunta obsesiva, como un detonador que hace añicos la pasiva hecatombe de la costumbre. La interrogación constante que atraviesa estas páginas está muy lejos de ser un mero artificio retórico y, más bien, es la columna donde se vertebra lo medular del discurso poético, lo que justifica todo el andamiaje formal y las múltiples apropiaciones genéricas. La pregunta -la gran Pregunta de la poesía- es la que detiene el tiempo lineal de la Historia y nos traslada a un tiempo mítico -que, por estar fuera de la Historia, está siempre presente, es presente perpetuo y arquetipo-. Y la Pregunta se interroga sobre la palabra y sobre el sentido: “Cómo resguardar a palavra sem seu sentido, extraviar o corpo sem dor, a alma sem nela crer?”; se interroga sobre el nombre: “Precisamos, sei, de um nome. Que seja o meu, o teu, outro, mas que falem todos os filhos a mesma língua”; búsqueda de una lengua común, que es también la búsqueda del origen perdido; búsqueda, por la poesía, de la superación del castigo babélico y del alumbramiento de una ecuménica lengua anterior a la Caída. Noble búsqueda imposible porque, el poeta lo sabe: “Os nomes não dizem nada. Teu verdadeiro nome para sempre está perdido”. En efecto, la poesía es una búsqueda de lo imposible y es, paradójicamente, la implícita conciencia de ese fracaso: el nunca hallar lo buscado. Sin embargo, el hallazgo se encuentra en la búsqueda que es el poema, en el incesante suceder de la escritura, en los sorpresivos encuentros y en los inesperados vislumbres que sólo acaecen en la deriva de una escritura que se busca a sí misma. Palabra: nombre: máscara. La máscara -esa persona- es a la vez el símbolo de la representación y del ocultamiento, del artificio y de lo real detrás de éste. Por eso nos dice el poeta: “Quantas máscaras recaem sobre mim?”; “Onde estás, máscara, Festa, és tu?”. Sabemos que somos muchos, pero no sabemos cuantos somos. Desde Whitman, desde Rimbaud, desde Freud, aceptamos la condición plural de la existencia: “¿Me contradigo? Contengo multitudes”, afirmaba el poeta de Manhattan. Y Floriano pasa de la máscara al cuerpo, a la pregunta sobre el cuerpo: “Quantos corpos teus desejo agora?”; “Quantas partes tuas espalhadas por mil corpos?”. El cuerpo imposible, el cuerpo del deseo; cuerpo-metonimia incesante que, al igual que la poesía, se evade en el deseo de la búsqueda: “Ou acaso o que me encanta é seu vazio?”. El cuerpo -al igual que la máscara- es el símbolo de la representación y del ocultamiento del ser, de ahí la imposibilidad de aprehenderlo, de ahí su fugacidad y su vacío.
Si la interrogación es la constante medular de estes Estudos de Pele, la mujer -la Mujer-emblema-, o más correctamente las encarnaciones y apariciones femeninas en el discurso poético, son las articulaciones sin las cuales este organismo poético no podría caminar. Floriano Martins recurre a nombres propios: María, Magdalena, Marta, Ruth, Raquel, Sara, mujeres bíblicas, mujeres míticas, mujeres que también nos introducen en un tiempo perpetuo y circular, propio de la poesía. Todas las mujeres como la Mujer, y viceversa: “com cuantas mulheres te deitarás, supondo que estarei em cada uma delas?”. María, arquetipo de pureza, pero también, en la escritura del poeta, sinónimo de creación -al igual que Dios Padre-: “meu filho me foi doado pelo esplendor de minha ilusão”. Sólo a partir de un esplendor de esperanza se produce el milagro; la creación es, antes que nada, la creación del deseo y el anhelo de una concretud. Fusión de las antinomias: lo carnal y lo espiritual, Dios y el hombre, el deseo y la realización, confluyen: “que não serás Deus enquanto não fores homem”. Otra vez la dualidad y la duplicidad del ser siempre en juego pero abolida la contradicción en la Unidad necesaria. De ahí la importancia de esas mujeres en la escritura de Martins: no hay completud posible sin ellas, sin su invención, sin su participación e intromisión en el lenguaje, en la lengua bífida del poema, y por otra parte, ese complemento es inalcanzable, ilusorio, utópico, sólo dable en el reino de la magia o del mito -del cual hemos sido expulsados hace tiempo.
Estudos de Pele: paradójica definición de ese imposible llamado poesía pero que Floriano Martins logra hacer realidad en el milagro -en el deseo del milagro- de una palabra tan desbocada como intensa; incandescencia que pregunta y pregunta que, en su respuesta, quema.

[2005]




terça-feira, 9 de setembro de 2014

MARIA DA PAZ RIBEIRO DANTAS | Estudos de Pele, de Floriano Martins



No título Estudos de Pele, o último livro de Floriano Martins, a palavra pele parece sugerir uma pista falsa. Entrar no texto é praticar Um rasgo bem dentro do abismo, onde o coração dispara e ninguém pode conter a presença do indizível. Trata-se de adentrar um labirinto com passagens em múltiplas direções. O roteiro conduz a um descentramento e este se dá em face de um referencial: o conceito de identidade. Num capítulo da Parte III - O hóspede -, que mescla prosa e poesia, é discutida a questão da identidade, na arte ou fora dela. O mesmo em face do mutável. Desde a Parte I, o texto dá espaço às suas visitas perversas (algumas personagens bíblicas mulheres (em Paródia do cadafalso) e várias outras como em Um livro de Ângela, são apenas dois exemplos. A inesperada visita dessas sombras perturbadas não me leva a pensar senão em uma coisa: temos que aprender a ter mil vidas a um só tempo. O que parece faltar às vezes a essas “sombras” (no caso das bíblicas) é a leveza de ser outra coisa, sem a carga de ressentimento que as liga umbilicalmente a seus contrários. Como em Silentes Suplícios (Marta).
A obra é dividida em nove partes: I – Paródia do cadafalso, II – Sombras raptadas, II – Crime & Fuga, III – Rastros de um caracol, IV – Dores de nada, V – Dália do coração negro, VI – Lusbet: eis o abismo, VII – Um livro de Ângela, VIII – Ruínas exaustas, IX – Modelos vivos.
As labirínticas passagens, as múltiplas direções sugeridas pelo texto de Floriano sinalizam por vezes uma espécie de curto-circuito nos níveis tidos como normais de percepção da realidade cotidiana dentro dos mecanismos em que está estruturada a linguagem da vida em sociedade. É o que ocorre em determinadas situações narradas, como a que temos em O Cão e o Lustre. A cena remete à idéia de demência (uma forma bem próxima da loucura); mas no texto é, nada mais nada menos, que a transcrição, para a realidade objetiva, do flash agônico de uma subjetividade em ruína, a da avó enferma, visitada pelo neto, pela última vez: Lembro que havia um lustre pendendo do teto. A pouca voz me disse que ali estava com ela aquele negro cão, quieto, confiável, suspenso no vazio. Cão ou lustre? Luz ou escuridão?
Mas se na alucinada visão da avó o cão e o lustre são concretamente a mesma coisa, em Plano de Fuga o Anjo Líquido derrama-se na direção do abstrato, do invisível: O anjo derramando-se no copo assustava-me ao dizer o quanto a vida pode ser outra quando não se tem para onde ir dentro de nós. A vida pode ser outra, mas a identidade? O texto persegue a fuga obsessiva do mesmo (que a psicanálise nega), enquanto trai (dúvida ou “ato falho”?) certa inquietude quanto ao ser: E se todas essas sombras não forem apenas uma única sombra, a minha, a provocar-me de inúmeras formas?  Evocaria então um verso de Luís Miguel Nava em que confessa ter a ‘identidade acelerada’.
Inconsciente ou não, o que o texto persegue é a identidade estética. O poema Flagrantes no assoalho (Parte III) expressa um ritual encantatório em que o amor, condenado à morte pela estabilidade do encontro (como se a vida fosse apenas caber em permanência), é convocado à vertigem da busca incessante,

(…)
com deuses assombrosos percorrendo a casa, laminando vertigens para um livro, buscar-te,
buscar-te,
jamais desalentar-se
aguar rios, deixar-se desaguar,
nenhuma lição, apenas o corpo caindo,
a buscar-se: e buscar-te.

Esse ritual encantatório é a própria poesia, perseguida como uma caça onde quer que se esconda, seja no ínfimo ou no grandioso:

(…)
em uma síncope de obsessões, buscar-te, amor,
enquanto o poema te chama e prepara os archotes
que te conduzem por escadarias com línguas voláteis
a seduzir as páginas de teu corpo, sim, teu corpo,
três vezes teu corpo, buscar-te em recâmaras encantadas úmidas invisíveis, um vento sibilante de janelas decifradas pela noite, um coro de trevas, nota contra nota, o bordão entoado pelo acaso (…).

O código desse labirinto pode estar  em Visita de um Lagarto - momento do livro onde uma teia de imagens oníricas se adensa em narrativa cifrada, de sentido subjacente ao texto. Por aí, pele poderia conotar pele de lagarto, em sua adjacência a mimetismo, metamorfose, forma que se muda
Não há no texto um sentido linear a que possamos ter acesso, a não ser precisamente a construção dessa fuga da identidade. Por isso há passagens em que não escolhe entre poesia ou prosa, fica na indefinição, no limiar; deslizante para poder abranger a escuta quase psicanalítica do outro, sempre outro, ao infinito. Daí os recortes nas visões do garoto, coladas nas páginas dos livros e sopradas no ar, diante de inexistentes janelas:

Que forma assumiria tal vestígio em sua vida? As formas significam muito pouco. Poderia seguir recortando-as. Por uma aurícula errante trataria todas as cobras de duas cabeças. Chamaria raio os esfaqueamentos misteriosos que não raro eram comentados em casa E daria pernas ou asas ao pescoçudo gramofone da avó. As formas não lhe bastavam. Um novo personagem lhe despertara para tanto. Arrastava-se brincalhão sobre seu corpo. Não lhe eram mais enfadonhos os sonhos, embora seguissem silenciosos e em repisado repertório. Tudo permanecia o mesmo, mas ganhava em significado.
O instinto natural de subversão nos leva a ouvir o outro, a contraí-lo enquanto perversão essencial à sua própria existência (Floriano Martins na apresentação do seu Alma em Chamas. 1998).

Um Livro de Ângela é momento diverso, em que a narrativa se aclara, torna-se quase linear em seu jorro de imagens urgentes, como a captar o ritmo frenético do instante que passa, através de uma daquelas mil vidas.

(…)
Ângela me oferta a caligrafia de suas vertigens,
encrespa-me enquanto perdura,
é apenas um instante,
e quando lhe abrimos as vísceras não há semântica que nos leve além do instante.
transfigurado ressurrecto melancólico derruído,
porém aquecido pela mesma complexidade:
a dor do instante.

Enquanto metatexto, pratica uma auto-incisão e cria sua própria imagem (narcísica):

                       6.
Escrever assim em quebradiço
Dando a falsa idéia de ser nada
Pender para um ponto ou outro
Mudando de forma ou de olhar
Pingando uma imagem ou duas
Tornando o tolo em santa realeza
Glossário de idéias mal defendidas
Crendo que dure a geometria…
Nem todo um livro de Ângela
Recolhe essa anatomia desfigurada do desejo.
Há algo que lhe escapa
Como se pensássemos na evolução de um mesmo dilema:
Somente a impostura garante o sucesso?
(…)

Estudos de Pele. Um livro original na medida em que pratica um exercício de semântica, trabalhando com materiais provenientes, ou ao menos familiares, ao universo explorado pela psicanálise.

[2005]




LINALDO GUEDES | A ruidosa agonia dos espelhos poéticos



É um livro estranho, sim, este de Floriano Martins, poeta cearense, que chega às minhas mãos. Estudos de Pele, lançado recentemente pela Editora Lamparina, é composto de poemas onde a tônica do estranhamento é uma constante. Para o leitor e, parece, para o próprio poeta. Não é poesia discursiva, inventiva ou clássica. Ao mesmo tempo, é poesia discursiva, inventiva, clássica. Um livro que rasga a pele da poesia de forma aparentemente sutil, mas em alguns momentos com uma volúpia que nos faz refletir nestes tempos de guerrilha, sejam bélicas ou culturais.
Contador Borges é muito feliz na orelha do livro, quando diz que em Estudos de Pele a sensação de vertigem é imediata, de desconforto idem. “O estranhamento desses Estudos de Pele, o chão do poema, em princípio trêmulo, escorregadio como gelo fino, vai aos poucos se firmando aos nossos olhos, fazendo sentido à deriva, desdobrando sua interrogação aberta só respondida com outra indagação adiante, luminosa, atirando o leitor contra a parede, instigando o homem que ele é intranqüilo neste horripilante começo de milênio, mas que aqui se potencializa, à beira do abismo, pensando-se no extremo de si mesmo”, analisa Contador Borges, análise essa que assino embaixo.
O livro todo, como explica o próprio Floriano Martins numa espécie de apresentação à obra, é um constante vaivém entre o corpo humano e o corpo da criação. De um lado, a pele do erotismo, que perpassa cuidadosa e bem construída por todas as páginas do livro. De outro, a pele da palavra, ou da linguagem poética, com resmungos, amuos, questionamentos e tiros certeiros do poeta.
A pele do erotismo surge, sinuosa, logo no primeiro capítulo - “Sombras raptadas” (aliás, a sombra da interrogação parece perseguir o poeta em todos os poemas). Referências femininas diversas surgem imponentes nas páginas, por mais submissas que possam parecer. Com elas, o poeta trava um diálogo-monólogo (acreditem, isso existe, sim, na poesia de Floriano Martins) onde o leitor acaba sendo o principal interlocutor. Lembra temas bíblicos e adapta, com extrema beleza (isso ao lembrar que Camões já o tinha feito) a história de Jacó, com o eu-lírico esperando por sete anos um entendimento “sobre a terra que carrego em meu ventre”. Aliás, esse primeiro capítulo parece um lento e provocante ritual, com o cultivo de orações em busca do gozo prometido pelas diversas personagens femininas presentes.
Em outros capítulos, o ritual erótico é também uma constante. Como no belíssimo poema “Vestes”, do capítulo “Crime e fuga”. Aqui, os panos nus servem de metáfora para o sangramento da pele:

“Os panos como papiros, inscrições invisíveis que ensinam a
       manter quente a cabeça de um deus morto. 
Nus. 
Com a medida do inferno de cada dobra 
do tecido de que somos feitos”.

Mas é o ritual poético que surge, também com muita força, neste mesmo capítulo. Enquanto deixa anotado em algum lugar que não deve se lembrar de mais nada, o poeta vai lembrando coisas, vomitando versos que nos fazem refletir. Alguns desses versos parecem sinopses dos nossos acontecimentos em pleno 2004; “O esplendor de imagens vicia o poeta em uma enganosa metafísica. Tudo nele é forma transparente”, diz Floriano Martins. E não é verdade que estamos ficando tão viciados nesta obsessão pela imagem? Lembro agora, até, um comentário de um poeta tradicional aqui do Nordeste ao receber o elogio de um amigo às imagens presentes em sua poética: “e o meu poema é uma igreja, para ter imagens?”.
Mais na frente, o cearense é incisivo, ferino, autocrítico. Fala que os poetas são vítimas de nada: “A única enfermidade que lhes cabe é a presunçosa arrogância. Injustos, capitais e amargurados, aqui estamos os poetas, todos, tolos. Onde estala a liberdade?”.
Em outro momento, do mesmo poema, não por acaso intitulado “Arlequim”, é deliciosamente irônico: “Risível um poeta falar de ajuste de termostato? Se considerado que hoje mal troca a lâmpada queimada dos próprios versos, sim. Um encontro de poetas? Sempre temo pela ruidosa agonia de espelhos. A terra enferma, o silêncio indecifrável, essas pequenas agonias rumorejantes. Seja como for, melhor que se encontrem, sempre. Assim doemos ao vivo, uns diante dos outros”.
Doemos ao vivo, Floriano, em busca do hóspede certo para a poesia desesperada que teima em nos cutucar. Em fuga dos espelhos que estão sempre a exibir a imagem poética que queremos ver. E nada mais que isso.
“O que faço com o poeta depois de escrito o poema”, indaga Floriano Martins. Diria, que deixá-lo abandonar-se nas mãos do leitor. Ele, o leitor, é que dá o destino merecido a cada poema e a cada poeta. Ele, o leitor, também se dividirá entre encanto e estranhamento com a leitura de Estudos de Pele. Mas não é para isso que os bons livros são feitos?

[2004]